La Resiliencia en los Adultos Mayores


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El término Resiliencia es un anglicismo “resilience” y “resiliency”. Su origen en latín es “resilio”. Significa volver atrás, de un salto, rebotar.

Fue utilizado originalmente por la física, dado que da cuenta de la capacidad que posee material, para volver y recobrar su forma original, aún después de haber sido sometido a altas presiones.

La psicología tomará este término y lo comenzará a trabajar, allá por la década del 60 y del 70, en el Siglo XX, a través de investigaciones realizadas en niños que, crecían y se desarrollaban a pesar de las circunstancias adversas y de alto riesgo que presentaban tales como: extrema pobreza, contexto familiar patológico, otros. A pesar de estas dificultades, estos niños lograban adaptarse a las dificultades y obtener un adecuado desarrollo psicológico.

El término muy pronto fue ganando aceptación y, hoy constituye uno de los pilares conceptuales de la psicología contemporánea. La Resiliencia representa para el individuo, para la persona, una relativa adaptación positiva, frente a las dificultades, contextos riesgosos, adversidades, eventos traumáticos y otros problemas.

Es decir, ser resiliente implica haber podido desarrollar un conjunto de recursos y fortalezas, de manera tal de poder potenciar y proveer respuestas positivas y adaptativas, frente a las adversidades.

Existen en la persona múltiples recursos, que puede desarrollar. Muchos incluso, desarrollan estos recursos de manera inconsciente. Es decir, no pueden dar cuenta de estos, sin embargo, por alguna razón, que seguramente tendrá que ver con la historia personal del sujeto, su singularidad, logra respuestas satisfactorias.

Estos recursos, constituyen la base de la resiliencia, y se encuentran en todas las personas. Sin embargo, no todas las personas logran ser resilientes.

En el caso de los adultos mayores, la resiliencia se encuentra presente. Pero además, resulta imprescindible para el sujeto envejescente, dadas las características y particularidades propias de la vejez.

En la vejez, ser resiliente cobra especial importancia, porque son muchas las pérdidas que se experimentas: amigos, parejas, ex compañeros de trabajo, cambios biológicos, psicológicos y sociales propios del proceso de envejecimiento. Muchos de estos cambios son normales y esperables. Lógicos en esta etapa. Pero además se suman, otros eventos, de carácter más fortuito o circunstancial, que pueden representar enormes desafíos resilientes para el anciano.

Es muy importante que el adulto mayor, pueda activar sus mecanismos resilientes. Logrado esto, es haber podido contribuir desde sí mismo a su propio bienestar y a una mejor calidad de vida.

Los mecanismos resilientes, pueden constituirse en verdaderos factores protectores, frente a las adversidades y frente a los procesos lógicos y esperables del proceso de envejecimiento. Por ello, su desarrollo, su implementación, resultan vitales, imprescindibles e inestimables, a la hora de poder lograr un envejecimiento activo y saludable.

Algunos de los factores protectores más importantes son:

  • El Control personal: vía este mecanismo interno, el sujeto envejescente, logra una adaptación exitosa y activa a la realidad, estableciendo estrategias de acción frente a las dificultades. El Control personal, le permite al sujeto activar recursos inestimables como la Autoestima y la Auto suficiencia, por medio de los cuales puede enfrentar en mejores condiciones las crisis, los desafíos y las conflictivas propias de la edad. La autoestima tiene que ver con el concepto de autopercepción e indica la valoración que nos hacemos de nosotros mismos. Un alto nivel de autoestima nos permite lograr altos niveles de bienestar y calidad de vida. Por su parte la autosuficiencia o auto eficacia implica un conjunto de creencias, respecto de nuestras propias capacidades y virtudes, que nos permiten desplegar, organizar y tener cierto control frente a la incertidumbre lógica que representa el futuro.
  • El Adulto Mayor debe construir una identidad positiva y vital sobre sí mismo. Esto le permitirá evaluarse positivamente, posibilitándole al anciano afrontar diferentes niveles funcionales que lograrán disminuir los procesos de vulnerabilidad y fragilidad esperables es esta etapa.
  • El Optimismo es otro factor protector. Necesario obviamente en todas las etapas de la vida. Imprescindible en la vejez. El optimismo nos predispone, nos posiciona en un lugar más adecuado, más fortalecido, respecto a los avatares del presente, pero esencialmente, frente a las incertidumbres del futuro. Ser optimista representa indudablemente una fortaleza, que nos permite tener beneficios concretos en salud y bienestar.
  • ¿Quién puede dejar de lado el tema de las emociones en las personas? Un individuo debe contar y disponer de emociones positivas, tales como el amor, el perdón, la gratitud, la alegría, la paz, otras. Estos estados emocionales positivos habilitan en las personas sentimientos y sensaciones placenteras. Las personas se sienten bien, alegres, activas, con ganas.
  • Los estilos y estrategias de afrontamiento. Indispensables a la hora de hacer frente a las dificultades y adversidades. En el anciano, además, contamos con todo un capital acumulado durante toda la vida que le permite en el mejor de los casos, contar con un repertorio y una diversidad enriquecedora a la hora de establecer distintas variantes para afrontar las dificultades, adatarse a los problemas, resolver las situaciones de crisis, disminuir las presiones sociales, e incluso las propias presiones que podemos imponernos.

El concepto de resiliencia en las personas añosas presenta algunas características que, los distingue de otras edades:

  • Su carácter de singular, único, diferente de cualquier otra persona. En virtud del enorme caudal de experiencia e historia de vida acumulado.
  • Su potencialidad, no siempre conocida, pero que puede y debe ser desarrollada. En este sentido, los profesionales de la salud, podemos ayudar enormemente al desarrollo y activación en los adultos mayores, de los mecanismos resilientes.
  • Estimular al anciano a prácticas activas de autocuidado, autoestima, auto valoración.
  • La posibilidad de cambio y de aprendizaje que tienen los mayores, que hoy se reconoce y que, con anterioridad se negaba. El uso pleno y útil del tiempo de ocio y tiempo libre.

Por esta razón, pensamos que el concepto de resiliencia es un proceso y no, una característica intrínseca del individuo. La resiliencia es un concepto multifactorial como vimos, que responde a una multiplicad de factores – entre ellos los protectores – que posibilitan la activación en el individuo de los mecanismos resilientes.

Un buen ejemplo de resiliencia en adultos mayores lo podemos ver en la Película “Elsa y Fred”. Los invito a verla.

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En el caso específico de los adultos mayores, es muy bueno poder trabajar la resiliencia en grupos. Suele verse en grupos de adultos mayores, más allá de la tarea que los convoque, una gran predisposición para el aprendizaje, un gran espíritu colaborativo, entusiasmo, voluntad de superación y alegría de vivir. Estar entre pares, es un factor que estimula y potencia si podemos realizar una buena coordinación del grupo, fomentando dinámicas que, incluso producen excelentes resultados a corto plazo.

Los grupos de adultos mayores además de posibilitar y motivar al viejo a la adquisición de nuevos conocimientos, implica mecanismos generativos de nuevas amistades, nuevos vínculos, nuevas relaciones, permite trabajar buenos hábitos y prácticas saludables de la vida cotidiana. El trabajar con pares, amplia notablemente las posibilidades de desarrollar estos mecanismos resilientes y protectores frente al proceso de envejecimiento y frente a las adversidades.

En el caso de adultos mayores institucionalizados, la resiliencia resulta muy necesaria. El ingreso de una persona mayor a una residencia suele ser traumática, con efectos negativos, nos sólo para el anciano, sino incluso para todo el grupo familiar que vive la institucionalización con intensa culpa y sentimiento de abandono.

La resiliencia se considera en sí mismo un factor de protección frente a la vida. Es de esperar que, aquellos adultos mayores que tengan mayores niveles de resiliencia puedan afrontar, en mejores condiciones su institucionalización. Estamos hablando de una institucionalización absolutamente necesaria, ineludible y por supuesto, no prematura.

Todo ingreso a una institución geriátrica implica para el adulto mayor, distintos niveles de estrés, depresión, desconcierto, ansiedad, inestabilidad emocional, merma en su calidad de vida.

Desarrollar la resiliencia en adultos mayores institucionalizados, necesariamente va a ayudar a una mejor adaptación de éste al nuevo contexto y también, el trabajo con el grupo familiar beneficia, no sólo a la familia, sino también al adulto mayor, que puede seguir contando con el apoyo familiar en mejores condiciones anímicas y mayor predisposición.

  • Gustavo Juan Pérez es Director de CESA – Centro de Estudios Sociales Argentino.
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