Vejez, envejecimiento y edadismo


Por Raquel Medina

El ‘edadismo’ es un término acuñado por Robert Butler en 1969 (1975, 12), quien lo definió como “un proceso de estereotipos y discriminación sistemáticos contra las personas porque son viejos”. El edadismo se considera parte del sistema social en el que los miembros de la sociedad desarrollan un concepto negativo del envejecimiento desde la infancia. Los discursos sociales hegemónicos han retratado la vida tras la jubilación como un tiempo de decrepitud, fragilidad, mala salud, dependencia, pérdida de vigor sexual, aislamiento social, pasividad, falta de atractivo físico e improductividad .Esta es la razón por la cual al envejecimiento y a la vejez les han sido asignadas connotaciones negativas, las cuales necesariamente deben ser eliminadas para evitar la discriminación de los mayores.

Es precisamente en esos mismos años en los que Simone De Beauvoir, en su libro La vejez (1970), pone de manifiesto la ineludible realidad de una sociedad que ya en los 70, a consecuencia de los llamados “baby boomers” de la postguerra mundial, es testigo de cómo un importante sector de la población se está haciendo mayor. De Beauvoir, desde sus posicionamientos marxistas, revela cómo la sociedad capitalista percibe, representa de manera estigmatizada y margina a las personas mayores. Del mismo modo, la escritora francesa analiza cómo los individuos, especialmente las mujeres, ven y sienten el proceso de envejecimiento. En este sentido, tanto hombres como mujeres trabajadoras, una vez han pasado de formar parte de la ciudadanía activa a engrosar las filas de la ciudadanía pasiva (jubilada), dejan también de ser productivos para convertirse en una carga para las arcas del Estado.

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En el caso de las mujeres, la marginación es doble ya que, basándose en conceptos capitalistas como el del papel de la mujer sujeto (re)productor, De Beauvoir enfatiza la marginación que la mujer postmenopáusica sufre en el sistema capitalista al haber cruzado la línea de la utilidad reproductiva de la especie. Asimismo, De Beauvoir traza en este libro un análisis comparativo entre el lugar que la vejez y el envejecimiento poseen en diferentes culturas. De ahí que su repaso transcultural nos revele que la vejez puede ser considerada como sabiduría, o puede conceptualizarse como regreso a comportamientos infantiles, o como proceso mental degenerativo que equipara envejecimiento y demencia senil.

En efecto, los discursos sobre el envejecimiento y la vejez han causado la discriminación de las personas mayores a través de la creación y difusión de narrativas culturales que homogeneizan el envejecimiento y la vejez como declive y pérdida. Por ejemplo, las narrativas sociales y culturales que aparecen en los medios de comunicación convierten la vejez en un problema social en términos tanto políticos como económicos. Esta estigmatización de la vejez impulsa al sujeto a un intento constante de enmascarar o disfrazar los signos del envejecimiento en el cuerpo (Cole et al., 1993, Featherstone 2000, Gullette 1997, 2003, Katz 1995, Woodward 1991). De esta manera, como señala Margaret Cruikshank (2008), el cuerpo se ha convertido en el texto en el que la edad se registra y se presenta, de ahí la necesidad de borrar sus huellas. La “máscara de la edad” (McHugh 2003: 169) posiciona al sujeto en relación a la identidad juvenil que está detrás de la encarnación de la edad; es decir, detrás del cuerpo envejecido hay una mente / subjetividad eterna.

Margaret Morganroth Gullette (1997), quien acuñó el término “estudios del envejecimiento” en 1993, enfatiza que es la cultura la que nos envejece y, por lo tanto, sugiere que debemos desafiar el discurso cultural que se hace sobre el cuerpo en declive.

Las agendas neoliberales de austeridad, así como la diversidad de oportunidades de mercado que el envejecimiento de la población ha traído consigo, han puesto en primer plano una política de envejecimiento activo o exitoso con el objetivo, por una parte, de retrasar los costes médicos que para las arcas de los Estados pueda suponer el envejecimiento de la población, y, por otra, de abrir un sinnúmero de espacios de mercado para las personas mayores. En este sentido, la actividad física (gimnasios), la actividad sexual (Viagra), el turismo, el ocio, los cosméticos, las cirugías estéticas, etc., se convierten todos en elementos que favorecen y apoyan tanto un envejecimiento saludable como la concepción de la vejez como un espacio de consumo.

Esta puesta en primer plano del envejecimiento positivo o exitoso (Rowe y Kahn 1987, 1997) ha llevado a una distinción entre la tercera edad y la cuarta edad. Peter Laslett (1996) caracterizó la tercera edad como la edad de la jubilación en la que destacan el ocio, la autorrealización, la salud y el compromiso social. En este sentido, en la tercera edad somos mayores, pero no viejos (Higgs y McGowan 2013: 22) y nuestra independencia se mantiene. Por el contrario, la cuarta edad significa el final de la vida, por lo que se caracteriza por la falta de autonomía e individualidad, por la decrepitud y la muerte (Laslett 1996, Gilleard y Higgs 2000, 2010). En este sentido, en la cuarta edad las personas mayores son despojadas del capital social y cultural (Gilleard y Higgs 2010: 123) y desplazadas a las residencias de ancianos o relegadas a la reclusión en el espacio de la casa.

En términos culturales, el concepto de envejecimiento y su experiencia también son diferentes dependiendo de la tradición cultural a la que pertenezcan. En este sentido, en la tradición occidental han destacado la concepción aristotélica y la platónica. En La República, Platón concede a la vez cualidades positivas que van desde la sabiduría, el buen juicio o la prudencia; de ahí que sitúe a los mayores en posiciones de superiores de responsabilidad social. Asimismo, Platón aconseja preparase para esta etapa de la vida para así poder disfrutarla. En sentido contrario se manifestó Aristóteles, quien enfatiza los rasgos negativos de la vejez: la senectud (cuarta etapa de la vida del individuo) está caracterizadas por la debilidad, el deterioro, la falta de productividad, etc. Es más, Aristóteles en De generatione animalium asocia la vejez con la enfermedad, la sequedad, la falta de dientes, la improductividad y la ceguera, entre otras cualidades negativas.

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En las culturas occidentales, estas dos concepciones opuestas sobre la vejez se prolongarán a lo lardo de los siglos y tendrán un papel primordial en la configuración de los estereotipos negativos y positivos que prevalecen en la sociedad occidental actual que se explorará más adelante. Sin embargo, en otras tradiciones filosóficas las concepciones de la vejez y el envejecimiento alcanzan una dimensión diferente. Por ejemplo, las nociones japonesas del envejecimiento están vinculadas a las tradiciones filosóficas budistas, confucianas y taoístas que conciben el envejecimiento como una parte de la vida social-mente valiosa (Kitamaya 2000, Lebra 1984). El envejecimiento significa madurar y obtener una comprensión trascendental (Lebra 1984); así, la cultura japonesa popular enfatiza el concepto de la vieja persona sabia. La norma confuciana de piedad filial apoya el respeto y el cuidado de los padres ancianos (Hwang 1999). Esta diversidad en términos de género, religión, raza y etnicidad ha encontrado en la gerontología transcultural un espacio fructífero para el análisis. Jay Sokolovsky (2009) ha enfatizado la necesidad de acercarse al envejecimiento y la vejez al reconocer que cada cultura tiene su propia manera de percibir la realidad y, por lo tanto, el envejecimiento. Siguiendo esta idea del envejecimiento diverso en todas las culturas, la gerontología intercultural, según la define Sandra Torres (2011: 341), examina cómo las diferentes culturas conceptualizan el proceso de envejecimiento y la posición social que tiene la vejez. Al explicar esta conceptualización, Torres (2011) señala cómo los valores culturales desempeñan un papel clave en la comprensión del envejecimiento, dado que se transmiten de una generación a otra y determinan la forma en que las personas de una cultura determinada dan sentido a su comunidad. Las percepciones occidentales sobre el envejecimiento no pueden imponerse a otras culturas, de ahí la urgencia de acercarse al envejecimiento desde una perspectiva comparativa e intercultural. Cada cultura percibe el envejecimiento exitoso de manera diferente dependiendo de los valores sociales y culturales prevalecientes.

Andrew Blaikie (1999) fue uno de los primeros en analizar el envejecimiento y la cultura popular en el mundo anglosajón mostrando cómo tanto Hollywood como la televisión reflejan a la perfección desde 1920 el culto al cuerpo joven. El resultado de esta adoración por la juventud ha sido la marginación y estigmatización en la pantalla de las personas mayores: la decadencia, la fragilidad, el comportamiento infantil, el malhumor o la emasculación han sido proyectadas como las características principales de la vejez tal y como indica Sally Chivers (2011).

La invisibilidad de los mayores, o su aparición bajo el empleo de estos estereotipos, ha servido para crear la idea de que las vidas de aquellos que ya no son jóvenes no im-portan.

Esta invisibilidad cinematográfica y televisiva contrasta enormemente con el aumento demográfico de los mayores de 65 años, quienes podrían convertirse en espectadores si las películas abordaran sus intereses. Sí es cierto que poco a poco empiezan a aparecer películas en las que los mayores de 50 son sus protagonistas y en las que se abordan temas que conciernen a esta parte de la población. Sin embargo, como ha señalado Sally Chivers (2011), la pantalla ha tendido a elegir a hombres para representar la vejez. No únicamente esto, sino que además se nos presenta a hombres que a pesar de las arrugas visibles siguen siendo muy activos tanto a nivel intelectual, físico como sexual –véase Harrison Ford–.

Harrison Ford

Este papel activo, sostiene Chivers (2011: 122), les permite reactivar su virilidad a través de demostraciones de coraje en las que el pene y el arma se hacen sinónimos. No parece coincidencia que la masculinidad entendida como productividad sexual, tal y como lo han recalcado ampliamente varias aproximaciones sociológicas al envejecimiento (Katz y Marshall 2002; Calasanti y King 2005), esté fuertemente relacionada con el lugar que Viagra ha ocupado en la construcción de un envejecimiento activo. Dicha construcción ha venido a colocar a los hombres y su masculinidad en el centro de la vejez como ejemplo nítido de envejecimiento positivo.

Esta (re)masculinización del envejecimiento a través del pene erecto (Calasanti y King, 2005) ha encontrado en el viejo star-system hollywoodense un filón para perpetuar la discriminación de la mujer en la industria cultural. Por ejemplo, mientras que Harrison Ford, Robert Redford, Pierce Brosnan o Sean Connery han presumido de envejecimiento activo en la pantalla, las mujeres han sido generalmente marginadas e invisibles después de cumplir 50 años o incluso antes. Como expusiera Mankiewicz en Eva al desnudo (1950), los cuerpos femeninos envejecidos se convierten en algo que debe ocultarse a la vista pública porque ya no pueden funcionar como el objeto de deseo de la mirada masculina.

La sexualidad y el sexo en la vejez siguen siendo considerados desde parámetros nítidamente patriarcales. Es decir, se sigue pensando en la penetración como el ‘acto’ sexual central y en el orgasmo como la realización suprema del acto sexual. Por lo tanto, se relega a la mujer a un espacio nuevamente secundario, y se entiende el sexo, como señala Gullette (2013: 141-43), como el de la juventud, donde la actividad y el orgasmo son las señas de identidad. En este sentido, Gullette defiende la necesidad de entender el sexo como algo que envuelve cualquier expresión de deseo más allá del orgasmo o la penetración. De la misma manera, las relaciones sexuales entre personas mayores desaparecen del ámbito cultural y social; se suelen ocultar a pesar de ser presentadas como indicadores de un envejecimiento activo y exitoso.

Aún más, la representación en la cultura popular del envejecimiento en la comunidad LGBT ha sido relegada a los espacios consumistas del turismo, obviando de manera clara las necesidades, dificultades y discriminación a las que se enfrentan estos colectivos. Desde la dificultad para encontrar espacios en residencias en las que no tener que ocultar la homosexualidad, hasta los problemas legales que se encuentran en ocasiones las parejas. Tal y como ha indicado Barbara Marshall (2017), la retórica y la representación visual del envejecimiento exitoso se basa en representaciones de una heterosexualidad normativa que claramente excluye a las identidades sexuales no heteronormativas.

El envejecimiento es diverso y debe ser entendido en su diversidad.

Es decir, el envejecimiento debe ser analizado y aproximado desde una perspectiva interseccional en la que la clase social, el género, la raza y la religión se conciban como cuestiones que desempeñan un papel fundamental en la vejez. Los estudios sobre el envejecimiento se han fortalecido en las últimas dos décadas, por ejemplo, gracias a las aproximaciones que el feminismo ha hecho, con lo que no solo se destaca su aspecto interseccional, sino que también muestra que los textos culturales crean niveles discriminatorios. En este sentido, Margaret Morganroth Gullette (2003) analiza en el contexto de la cultura estadounidense cómo las diversas etapas de la edad se han convertido en herramientas discriminatorias que, a su vez, afectan más a las mujeres. Kathleen Woodward (1999) también ha explorado cómo esta discriminación de los ancianos afecta a las mujeres de múltiples maneras, pero, sobre todo, cómo la discriminación se centra especialmente en el cuerpo de la mujer como lo ven los hombres. Sin embargo, Sara Arber, Kate Davidson y Jay Ginn (2003) consideran que en realidad ha sido el hombre el que ha sido discriminado dentro de los estudios del envejecimiento, por un lado, y, por el otro, dentro de los estudios de la masculinidad el envejecimiento ha sido silenciado. Slevin y Wingrove (1998) han abordado el envejecimiento desde una perspectiva de raza negra en los EE. UU., señalando, por ejemplo, que los signos de envejecimiento en las mujeres afroamericanas pueden conferirles un estatus social de respeto que no se encuentra en la cultura estadounidense blanca. Lo mismo puede decirse sobre las nociones que del envejecimiento poseen las diferentes religiones, nociones que afectan en gran medida la situación y posición de las personas mayores dentro de ciertas comunidades religiosas, así como el papel que los miembros de la familia deben desarrollar. En este sentido, en el Antiguo Testamento la vejez se representa de manera positiva, poniendo de relieve el papel ejemplar de los mayores debido a su sabiduría y dignidad. Por el contrario, El Corán representa la vejez como una etapa de debilidad, cabello canoso, deterioro físico e imposibilidad de concebir.

Las poblaciones más mayores han sido retratadas en términos políticos, sociales y económicos como una carga para las generaciones más jóvenes: una carga de cuidado; una carga económica por la escasez monetaria en las arcas nacionales debido a la cuantía de las pensiones; una carga en términos de empleo ya que la edad de jubilación se retrasa cada vez más; y una carga para los sistemas de bienestar nacional que ven con la sanidad pública se ve saturada de personas mayores. Estos discursos negativos que lógicamente coadyuvan a la discriminación de los mayores, sin embargo, chocan con una realidad política que empodera a la población mayor. Dado que la horquilla de población mayor está creciendo rápidamente, su influencia es determinante en ciertas esferas políticas, económicas y sociales. De ahí que la población de mayor edad se esté volviendo más influyente en términos políticos ya que representa un número importante de votos y además ejerce su derecho al voto en un porcentaje mayor que los votantes más jóvenes; es decir, los votos de los mayores pueden ser determinantes y tener un impacto enorme en el resultado de elecciones locales y nacionales. Tal vez este aspecto pueda servir como motor de empoderamiento y en el futuro ayude a cambiar los discursos discriminatorios sobre el envejecimiento dentro de la sociedad contemporánea, así como del papel que los mayores deben tener en la misma. De la misma manera los estudios culturales deben abrirse al análisis de la representación del envejecimiento y de la edad desde perspectivas no binarias y más interseccionales que den cuenta de la diversidad del envejecimiento y de todas sus experiencias.

Para acceder al documento completo y a las referencias bibliográficas:
(PDF) Vejez, Envejecimiento y edadismo.. Disponible en; https://www.researchgate.net/publication/324503549_Vejez_Envejecimiento_y_edadismo

One response to “Vejez, envejecimiento y edadismo

  1. Soy mexicano, tengo 65 años y en nuestro país se observa claramente el desprecio y la marginación que sufren las personas mayores por parte de los niños y jóvenes; y aún por nuestros líderes sindicales y gobierno, ya que como jubilados y viejos somos considerados como un estorbo para la sociedad. Pero si los viejos ya somos mayoría, yo los invito a reflexionar en el poder que tenemos como votantes y a no dejarnos mangonear por los poderosos de arriba. Recordemos el dicho COMO TE VES ME VÍ, COMO ME VES TE VERÁS (SI DIOS TE PERMITE VIVIR).

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