Cuidado a Personas Mayores y Políticas Publicas


Por Atenea Flores-Castillo

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La literatura sobre cuidado a personas mayores es cada vez más extensa en Amércia Latina. Hay quienes lo definen como un conjunto de actividades, procesos y relaciones (Lamaute- Brisson, 2011); otros hablan de un conjunto de actividades, bienes y servicios (Rodríguez Henríquez, 2005); para otros más se trata de una relación de servicio, de atención y preocupación por los otros (ECLAC, 2012). Desde otra perspectiva, hay autoras que lo consideran un acto natural, de vida (Roqué, 2010), un derecho y una obligación (Pautassi, 2008).

Se mostrará que el cuidado a personas mayores tiene particularidades que lo distinguen del que se proporciona a otros grupos etarios, que su demanda aumenta con el envejecimiento de la población y que la definición que se tenga del mismo es fundamental para concretar políticas públicas para atenderlo.

Dividiré mi exposición en tres partes: I. El cuidado a personas mayores en situación de dependencia es distinto al de niños; II. La demanda por servicios de cuidado aumenta con el envejecimiento de la población y III. La conceptualización del cuidado influye en las políticas públicas que se implementan.

I. El cuidado a personas mayores en situación de dependencia es distinto al de niños.

La primera vez que visité en su domicilio a una persona con enfermedad en etapa terminal fue en 1990. Éramos un grupo de mujeres que pertenecíamos a una iglesia y que dedicábamos un día de la semana para visitar enfermos, conversar con ellos, leerles algún pasaje de la Biblia que sirviera de exhortación a su situación y cantar algunos himnos alusivos. De esa ocasión recuerdo claramente que todas entraron saludando a Don Cirilo sin darle la mano, lo cual me llamó la atención. Yo me acerqué y se la di. Fue muy impresionante sentir que cada vez que quería retirarla, Don Cirilo me la apretaba con fuerza, de manera que permanecimos en esa posición todo el tiempo que duró la visita.

Años después entré a trabajar a la Secretaría de Salud, en el Programa de Atención Domiciliaria a Población Vulnerable. Éramos un grupo de médicos, enfermeras, trabajadores sociales y psicólogas, que salíamos en equipo a visitar a personas con discapacidad o con enfermedades crónico degenerativas avanzadas o en etapa terminal. De esa experiencia puedo decir que, en general, había una mejoría en las personas que visitábamos y que, después de un tiempo, los familiares expresaban su enojo ante nuestras visitas, porque la mejoría era relativa: un poco en el estado de ánimo y un poco en su situación física, pero no recuperaban la funcionalidad o la salud perdidas. En una ocasión, el bisnieto de una paciente nos dijo: “Ya no le hagan nada a mi abuela. Ya que se muera.”

Cada experiencia permite aprender algo nuevo: en el primer caso, era evidente el apego de Don Cirilo a la vida y la dificultad de las visitantes para tocar a una persona que se estaba muriendo. En el segundo, podíamos reconocer las ilusiones que se hacía la familia, y su enojo como consecuencia del cansancio por estar cuidando durante mucho tiempo a un ser querido que cada vez se deterioraba más. Además, en el primero se trataba de una actividad no remunerada, realizada por mujeres que carecían de un título profesional en medicina, enfermería o psicología, mientras que en el segundo, era una actividad remunerada ejercida por profesionales de la salud.

En estos dos casos se puede observar que el cuidado a personas mayores en situación de dependencia (por enfermedad o por discapacidad) tiene particularidades con respecto al que se realiza a niños, pues se está en presencia de pérdidas (de la funcionalidad, de la salud o de la vida). En la medida en la que toda pérdida implica un duelo, los cuidadores se ven afectados emocionalmente. Kübler-Ross (1969) y Worden (2009), entre otros, se han ocupado del tema con profundidad, y es importante considerarlo para el diseño de políticas públicas, pues los cuidadores de personas mayores, remunerados o no, también han de ser parte de la población objetivo de los programas de cuidado.

II. La demanda por servicios de cuidado aumenta con el envejecimiento de la población

Se han hecho diversos intentos para medir la demanda por servicios de cuidado (Durán, CEPAL 2003). Es un asunto complejo, empezando porque no hay consenso con respecto al contenido del término. Una manera de evaluarla es sumar tres porcentajes: el de la población menor de 5 años, el de la de 75 y mayores, y el de personas con discapacidad, puesto que son los tres grupos que requieren mayor cuidado. Este método tiene varios problemas, entre los que se encuentra el de que no toda la población de 75 y mayores es dependiente y que la población de 5 a 14 lo sigue siendo, aunque en menor medida que la de menores de cinco. A pesar de estas limitaciones, permite aproximarse a la problemática.

Veamos qué sucederá en la región en relación a estos porcentajes: El proceso de envejecimiento de la población en América Latina será uno de los más acelerados del mundo. En el polígono interior de la Gráfica 1 se encuentran los porcentajes de personas mayores para los 20 países de América Latina y del Caribe en 2010. Se observa que los que en ese año tenían porcentajes alrededor de 7% del total de la población (Haití, Guatemala, Honduras y Nicaragua), al final de siglo tendrán porcentajes cercanos al 35%, al igual que Uruguay y Cuba, que en 2010 presentaban porcentajes cercanos al 20% .

Los países del Cono Sur son, junto con Cuba, los más envejecidos: El promedio de personas mayores para América Latina es de 6.7% con respecto al total de la población y el de Uruguay de casi 18%. Japón, el país más envejecido del mundo, tuvo un porcentaje de 31% para el mismo año, es decir casi una de cada tres personas era mayor de 60 años

Como ya se mencionó, sólo una proporción de las personas mayores son dependientes por enfermedad o discapacidad. En América Latina, la dependencia se presenta con mayor frecuencia a partir de los 75 años, grupo etario que representó el 2.7% con respecto al total de la población en 2010 (2.2% de varones y 3.1% de mujeres, lo que muestra la feminización de la vejez y que se puede observar en los tres pares de barras de la Gráfica 2). Dentro del grupo de menores de edad, los menores de 5 años, que son lo que más cuidado requieren, representaron el 9.3% de la población para el mismo año. El porcentaje de personas con discapacidad en el continente americano es, de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, de 2.6% para población general. Es decir, con las salvedades señaladas más arriba, la demanda por servicios de cuidado oscila alrededor de 14%, porcentaje que aumentará a 17.5% en 2050 y a 25.6% en 2100 (suponiendo que el porcentaje de personas con discapacidad permanece constante en 2.6%). Esta creciente demanda de cuidado tendrá cada vez una mayor proporción de personas mayores de 75 años: 2.7% en 2010; 9.2% en 2050 y 17.9% a final de siglo, lo que significa que es necesario capacitar a los cuidadores para desempeñar esta labor.

Independientemente de cómo se mida la demanda por servicios de cuidado, es innegable que esta actividad impacta distintos ámbitos, entre los que destaca el empleo formal, que a su vez repercute tanto en las pensiones contributivas como en las no contributivas (también conocidas como pensiones sociales).

Veamos el impacto del cuidado en Chile. Según la revisión del 2013 de la División de Población de la CEPAL, en 2010 contaba con 17.1 millones de habitantes de los cuales 2.2 millones tenían 60 años o más. La edad mediana, es decir, la que divide al total de la población en dos partes iguales era de 32.1 años y la Esperanza de Vida promedio al nacer de 78.9 (75.8 para los hombres y 82 para las mujeres). Esto significa que Chile es el cuarto país más envejecido de América Latina, después de Uruguay, Cuba y Argentina.

Su población potencial económicamente activa, es decir, la de 15 a 59 años (representada en la franja de en medio de cada barra) alcanzó su máximo en 2010 y a partir de 2025 el número de personas mayores de 60 años superará al de menores de 15. Su población total empezará a decrecer en 2041 y habrá además un proceso de envejecimiento de la vejez y otro de feminización de la vejez.

La tasa global de fecundidad que en los años 60 del siglo pasado era de 5.5 hijos por mujer, es ahora de 1.8, por debajo de la tasa de remplazo (que es de 2.1 hijos por mujer). El promedio nacional de personas por hogar es de 4.2, pero varía dependiendo del Quintil de Ingresos y de la región, con 4.5 personas en el primer Quintil y 3.5 en el quinto.

Con respecto al empleo, según el Instituto Nacional de Estadística, en el trimestre de marzo- abril-mayo de 2014 la población mayor de 15 años era de 14.1 millones, de los cuales 40.4% (es decir, 5.7 millones) fueron clasificados como “Inactivos”.

Al analizar las causas de inactividad por sexo , se encuentra que del total de mujeres clasificadas como inactivas, 1,334,000 lo estaban “por razones familiares permanentes”, lo que significa, de acuerdo al “Manual Conceptual y Metodológico. Diseño Muestral”(Instituto Nacional de Estadística, 2010) que estaban dedicadas al “cuidado de hijos o personas dependientes”. Sin embargo la publicación no especifica qué se entiende por “dependiente” ni qué proporción se dedica a cada actividad.

Además, del total de personas clasificadas como inactivas por razones de cuidado, el 98% son mujeres cuya situación económica en la vejez se verá comprometida porque no tendrán acceso a una pensión contributiva, lo que agudiza la feminización de la pobreza en la vejez.

Es entonces importante que el cuidado empiece a concebirse como un trabajo y que forme parte del sistema de protección social de los países, es decir, que se le considere como uno más de los pilares tradicionales de la protección social: educación, salud, seguridad y asistencia social, y vivienda. Ello requiere, desde luego, de una reforma tributaria.

III. La conceptualización del cuidado influye en las políticas públicas

¿Por qué importan las definiciones? En primer lugar, porque es frecuente que en la literatura sobre el cuidado se hable de él, pero no se lo defina. Se da por sentado que todos tenemos claro a qué se está refiriendo el autor o la autora, lo que se presta a confusiones.

En una revisión de cincuenta libros y artículos sobre el cuidado escritos en su mayoría por autoras latinoamericanas, encontré, entre otras, las siguientes definiciones, que ponen énfasis en aspectos diversos:

  1. Conjunto de actividades, procesos y relaciones (Lamaute-Brisson, 2011);
  2. Conjunto de actividades, bienes y servicios (Rodríguez Henríquez, 2005);
  3. Relación de servicio, de atención y preocupación por los otros (CEPAL, 2012);
  4. Acto natural, de vida (Roqué, 2010);
  5. Derecho y obligación (Pautassi, 2008).

En segundo lugar, las definiciones importan porque se el cuidado se define como un conjunto de actividades que son responsabilidad de la familia (es decir, de las mujeres), no se implementarán programas públicos para atenderlo; si se le considera como un conjunto de actividades para proporcionar salud física y mental, su provisión será responsabilidad de las agencias de salud de los países; si se le define más ampliamente, entonces la responsabilidad será también de otras agencias, lo que requerirá de un mayor grado de coordinación entre las mismas. El desafío es entonces cómo hacer definiciones operacionalizábles para la implementación de políticas públicas, es decir, cómo hacer definiciones a partir de las cuales se puedan construir indicadores que permitan evaluar los Proyectos, Programas o Sistemas de Cuidado, en virtud de que en América Latina, la herramienta que más se utiliza para la planificación y el monitoreo es la Matriz de Marco Lógico, y ningún gobierno (Poder Legislativo o Ministerio de Hacienda) autorizará presupuesto para programas cuyos resultados no se puedan medir.

Recapitulación

Hemos visto que el cuidado de personas mayores dependientes es distinto al de niños puesto que involucra pérdidas y, por lo tanto, duelos, lo que significa que los cuidadores de esta población han de ser considerados como una de las poblaciones objetivo de los programas de cuidado. También se vio que el envejecimiento de la población impactará la demanda de cuidado, puesto que América Latina es una de las regiones del mundo que envejecerá con mayor velocidad. Además de que habrá un proceso de envejecimiento de la vejez, lo que significa que el porcentaje de mayores de 75 años con respecto al total de la población será cada vez mayor. Sin embargo de que a partir de los 75 años hay una mayor propensión a la dependencia en nuestro continente.

Finalmente, vimos que, para evitar que quienes cuidan en la actualidad lleguen a la vejez sin una pensión de jubilación, el cuidado ha de ser considerado como un trabajo y remunerarlo, es decir, como uno de los pilares de la protección social.

La conceptualización que se tenga de él afectará las políticas públicas que se implementen, por lo que es importante que desde los diversos sectores involucrados (academia, sociedad civil, sector público y sector privado) se trabaje en una definición consensuada y medible, de manera que se pueda negociar presupuesto para ejercerlo.

Así, entre los principales desafíos que se plantean se encuentran los siguientes:

  1. Realizar, con la participación de distintos Ministerios y actores, una definición operacionalizáble del cuidado.
  2. Impulsar su reconocimiento como un trabajo.
  3. Fomentar su redistribución entre los actores involucrados en él: las mujeres, los varones, el Estado, la comunidad, el sector privado y las propias personas dependientes (en la medida en la que esto sea posible), pues hay una tendencia importante en las disciplinas sociales a olvidar que el cuidado es también responsabilidad de cada uno.

Bibliografía

CEPAL. (2012). Panorama Social de América Latina 2012. Santiago de Chile:

CEPAL. Flores-Castillo, A. (2014, mayo 28). Políticas Públicas ante el Envejecimiento de la Población. Presentado en XII Reunión Nacional de Investigación Demográfica en México, México, D.F. Recuperado a partir de http://www.somede.org/xiireunion/registro Instituto Nacional de Estadística. (2010, abril). Nueva Encuesta Nacional de Empleo. Manual Conceptual y Metodológico. Diseño Muestral. INE. Recuperado a partir de http://www.ine.cl/canales/chile_estadistico/merca do_del_trabajo/empleo/metodologia/pdf/031110/ manual_metodologico031110.pdf

Kübler-Ross, E. (1969). On Death and Dying. Nueva York: Macmillan.
Lamaute-Brisson, N. (2011, noviembre).

Redistribuir el cuidado para un nexo de políticas públicas. Un marco conceptual. (Versión final). DAG-CEPAL.
Naciones Unidas. (1995). Observación general No. 6: Los derechos económicos, sociales y culturales de las personas mayores. Naciones Unidas. Recuperado a partir de http://www1.umn.edu/humanrts/gencomm/epcom m6s.htm

Pautassi, L. (2008). Nuevos desafíos para el abordaje del cuidado desde el enfoque de derechos. En Futuro de las familias y desafío para las políticas. Santiago: Cepal-SIDA- Unifem-Unfpa.

Rodríguez Henríquez, C. (2005). Economía del cuidado y política económica: una aproximación a sus interrelaciones. Presentado en Trigésima octava reunión de la Mesa Directiva de la Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe. Panel: Políticas de Protección Social, Economía del Cuidado y Equidad de Género, Mar del Plata, Argentina: CEPAL. Recuperado a partir de http://www.eclac.org/mujer/reuniones/mesa38/C_ Rodriguez.pdf

Roqué, M. (Ed.). (2010). Manual de Cuidados Domiciliarios. Cuadernillo No. 3. Aprendiendo estrategias para cuidar mejor. Segunda Parte. Buenos Aires: Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia.

Worden, J. W. (2009). Grief counseling and grief therapy: a handbook for the mental health practitioner (4ta ed.). Nueva York: Springer.

Este artículo es un resumen de la ponencia presentada en el Seminario LARNA-Argentina 2014: Diversidad Cultural y Envejecimiento: La Familia y la Comunidad, celebrado el 2 y 3 de septiembre de 2014 en Buenos Aires, Argentina. Obtenido de LARNA Newsletter #3.


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