Acerca de CESA - Centro de Estudios Sociales Argentino

Psico-socio-gerontólogo, especializado en Mediana Edad y Adultos Mayores. Director CESA – Centro de Estudios Sociales Argentino. Miembro Staff PEAA - Psicologías para una Erótica del Amor y del Arte. Miembro Staff GyMEC, Gerontología y Mediana Edad Consultoría. Docente. Conferencista. Escritor.

La Resiliencia en los Adultos Mayores

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El término Resiliencia es un anglicismo “resilience” y “resiliency”. Su origen en latín es “resilio”. Significa volver atrás, de un salto, rebotar.

Fue utilizado originalmente por la física, dado que da cuenta de la capacidad que posee material, para volver y recobrar su forma original, aún después de haber sido sometido a altas presiones.

La psicología tomará este término y lo comenzará a trabajar, allá por la década del 60 y del 70, en el Siglo XX, a través de investigaciones realizadas en niños que, crecían y se desarrollaban a pesar de las circunstancias adversas y de alto riesgo que presentaban tales como: extrema pobreza, contexto familiar patológico, otros. A pesar de estas dificultades, estos niños lograban adaptarse a las dificultades y obtener un adecuado desarrollo psicológico.

El término muy pronto fue ganando aceptación y, hoy constituye uno de los pilares conceptuales de la psicología contemporánea. La Resiliencia representa para el individuo, para la persona, una relativa adaptación positiva, frente a las dificultades, contextos riesgosos, adversidades, eventos traumáticos y otros problemas.

Es decir, ser resiliente implica haber podido desarrollar un conjunto de recursos y fortalezas, de manera tal de poder potenciar y proveer respuestas positivas y adaptativas, frente a las adversidades.

Existen en la persona múltiples recursos, que puede desarrollar. Muchos incluso, desarrollan estos recursos de manera inconsciente. Es decir, no pueden dar cuenta de estos, sin embargo, por alguna razón, que seguramente tendrá que ver con la historia personal del sujeto, su singularidad, logra respuestas satisfactorias.

Estos recursos, constituyen la base de la resiliencia, y se encuentran en todas las personas. Sin embargo, no todas las personas logran ser resilientes.

En el caso de los adultos mayores, la resiliencia se encuentra presente. Pero además, resulta imprescindible para el sujeto envejescente, dadas las características y particularidades propias de la vejez.

En la vejez, ser resiliente cobra especial importancia, porque son muchas las pérdidas que se experimentas: amigos, parejas, ex compañeros de trabajo, cambios biológicos, psicológicos y sociales propios del proceso de envejecimiento. Muchos de estos cambios son normales y esperables. Lógicos en esta etapa. Pero además se suman, otros eventos, de carácter más fortuito o circunstancial, que pueden representar enormes desafíos resilientes para el anciano.

Es muy importante que el adulto mayor, pueda activar sus mecanismos resilientes. Logrado esto, es haber podido contribuir desde sí mismo a su propio bienestar y a una mejor calidad de vida.

Los mecanismos resilientes, pueden constituirse en verdaderos factores protectores, frente a las adversidades y frente a los procesos lógicos y esperables del proceso de envejecimiento. Por ello, su desarrollo, su implementación, resultan vitales, imprescindibles e inestimables, a la hora de poder lograr un envejecimiento activo y saludable.

Algunos de los factores protectores más importantes son:

  • El Control personal: vía este mecanismo interno, el sujeto envejescente, logra una adaptación exitosa y activa a la realidad, estableciendo estrategias de acción frente a las dificultades. El Control personal, le permite al sujeto activar recursos inestimables como la Autoestima y la Auto suficiencia, por medio de los cuales puede enfrentar en mejores condiciones las crisis, los desafíos y las conflictivas propias de la edad. La autoestima tiene que ver con el concepto de autopercepción e indica la valoración que nos hacemos de nosotros mismos. Un alto nivel de autoestima nos permite lograr altos niveles de bienestar y calidad de vida. Por su parte la autosuficiencia o auto eficacia implica un conjunto de creencias, respecto de nuestras propias capacidades y virtudes, que nos permiten desplegar, organizar y tener cierto control frente a la incertidumbre lógica que representa el futuro.
  • El Adulto Mayor debe construir una identidad positiva y vital sobre sí mismo. Esto le permitirá evaluarse positivamente, posibilitándole al anciano afrontar diferentes niveles funcionales que lograrán disminuir los procesos de vulnerabilidad y fragilidad esperables es esta etapa.
  • El Optimismo es otro factor protector. Necesario obviamente en todas las etapas de la vida. Imprescindible en la vejez. El optimismo nos predispone, nos posiciona en un lugar más adecuado, más fortalecido, respecto a los avatares del presente, pero esencialmente, frente a las incertidumbres del futuro. Ser optimista representa indudablemente una fortaleza, que nos permite tener beneficios concretos en salud y bienestar.
  • ¿Quién puede dejar de lado el tema de las emociones en las personas? Un individuo debe contar y disponer de emociones positivas, tales como el amor, el perdón, la gratitud, la alegría, la paz, otras. Estos estados emocionales positivos habilitan en las personas sentimientos y sensaciones placenteras. Las personas se sienten bien, alegres, activas, con ganas.
  • Los estilos y estrategias de afrontamiento. Indispensables a la hora de hacer frente a las dificultades y adversidades. En el anciano, además, contamos con todo un capital acumulado durante toda la vida que le permite en el mejor de los casos, contar con un repertorio y una diversidad enriquecedora a la hora de establecer distintas variantes para afrontar las dificultades, adatarse a los problemas, resolver las situaciones de crisis, disminuir las presiones sociales, e incluso las propias presiones que podemos imponernos.

El concepto de resiliencia en las personas añosas presenta algunas características que, los distingue de otras edades:

  • Su carácter de singular, único, diferente de cualquier otra persona. En virtud del enorme caudal de experiencia e historia de vida acumulado.
  • Su potencialidad, no siempre conocida, pero que puede y debe ser desarrollada. En este sentido, los profesionales de la salud, podemos ayudar enormemente al desarrollo y activación en los adultos mayores, de los mecanismos resilientes.
  • Estimular al anciano a prácticas activas de autocuidado, autoestima, auto valoración.
  • La posibilidad de cambio y de aprendizaje que tienen los mayores, que hoy se reconoce y que, con anterioridad se negaba. El uso pleno y útil del tiempo de ocio y tiempo libre.

Por esta razón, pensamos que el concepto de resiliencia es un proceso y no, una característica intrínseca del individuo. La resiliencia es un concepto multifactorial como vimos, que responde a una multiplicad de factores – entre ellos los protectores – que posibilitan la activación en el individuo de los mecanismos resilientes.

Un buen ejemplo de resiliencia en adultos mayores lo podemos ver en la Película “Elsa y Fred”. Los invito a verla.

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En el caso específico de los adultos mayores, es muy bueno poder trabajar la resiliencia en grupos. Suele verse en grupos de adultos mayores, más allá de la tarea que los convoque, una gran predisposición para el aprendizaje, un gran espíritu colaborativo, entusiasmo, voluntad de superación y alegría de vivir. Estar entre pares, es un factor que estimula y potencia si podemos realizar una buena coordinación del grupo, fomentando dinámicas que, incluso producen excelentes resultados a corto plazo.

Los grupos de adultos mayores además de posibilitar y motivar al viejo a la adquisición de nuevos conocimientos, implica mecanismos generativos de nuevas amistades, nuevos vínculos, nuevas relaciones, permite trabajar buenos hábitos y prácticas saludables de la vida cotidiana. El trabajar con pares, amplia notablemente las posibilidades de desarrollar estos mecanismos resilientes y protectores frente al proceso de envejecimiento y frente a las adversidades.

En el caso de adultos mayores institucionalizados, la resiliencia resulta muy necesaria. El ingreso de una persona mayor a una residencia suele ser traumática, con efectos negativos, nos sólo para el anciano, sino incluso para todo el grupo familiar que vive la institucionalización con intensa culpa y sentimiento de abandono.

La resiliencia se considera en sí mismo un factor de protección frente a la vida. Es de esperar que, aquellos adultos mayores que tengan mayores niveles de resiliencia puedan afrontar, en mejores condiciones su institucionalización. Estamos hablando de una institucionalización absolutamente necesaria, ineludible y por supuesto, no prematura.

Todo ingreso a una institución geriátrica implica para el adulto mayor, distintos niveles de estrés, depresión, desconcierto, ansiedad, inestabilidad emocional, merma en su calidad de vida.

Desarrollar la resiliencia en adultos mayores institucionalizados, necesariamente va a ayudar a una mejor adaptación de éste al nuevo contexto y también, el trabajo con el grupo familiar beneficia, no sólo a la familia, sino también al adulto mayor, que puede seguir contando con el apoyo familiar en mejores condiciones anímicas y mayor predisposición.

  • Gustavo Juan Pérez es Director de CESA – Centro de Estudios Sociales Argentino.
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Educar para el envejecimiento: Miedo a la Vejez, a la Soledad y a la Muerte

Miedos en la vejez

Miedo a la Vejez, a la Soledad y a la Muerte

Son los miedos, uno de los problemas que con mayor frecuencia padecen los adultos mayores. Pero, no estamos hablando de aquellos miedos lógicos, propios de la vida cotidiana, a los cuales todos, de alguna manera, e idenpendientemente de la edad, estamos sometidos.

Hablamos de miedos existenciales, difíciles de pensar racionalmente por cierto, e involuntarios de poder controlar, manejar y / o supervisar. Son aquellos miedos que desconciertan, y que vivimos bajo el signo de la amenaza.

Estos miedos irracionales, suelen amenazar a los adultos mayores con bastante intensidad, porque tienen que ver con cuestiones existenciales básicas de la vida en general, pero fundamentalmente, de cada una de sus vidas en particular.

Algunos de estos miedos están en relación con el paso del tiempo, con la idea de vejez, con la visión que nos ofrece la muerte de otros y, ahora sí como probable, con la idea de la propia muerte.

No podemos dejar de decir que estos miedos guardan siempre relación con la singularidad del sujeto, sus historias de vida, sus experiencias. No obstante, podemos de alguna manera generalizar una serie de miedos que este colectivo tiene muy presente.

El miedo al pasado es uno de ellos y pone en juego en el adulto mayor, aquellas cosas que no hizo o dejó de hacer, que no pudo hacer, o sin más, no supo hacer. Son las llamadas asignaturas pendientes o situaciones vividas de una forma que, el sujeto hubiese preferido vivir de otra.

Por otro lado, el presente también ofrece sus miedos al anciano. Por ejemplo, el miedo al  tiempo libre, al ocio, a no saber qué hacer con aquellos recursos con que dispone y / o, con la enorme cantidad de horas libres que ha dejado la jubilación o la falta de compromisos y obligaciones laborales. Es en estas incertidumbres, dónde se juega muchas veces otro implacable existencial, que es la culpa.

Si hablamos de tiempo no sólo debemos pensar en el pasado. El tiempo también implica ocuparse del futuro. Y todo futuro genera incertidumbres y miedos. El miedo al futuro debe leerse como el miedo a que en el futuro se deteriore nuestra salud, o el miedo a la pérdida de la autonomía y la independencia. El miedo al futuro es el miedo a la discapacidad, a la inmovilidad, a no poder decidir ya por ellos mismos, a depender de otro. A depender.

Los miedos son reacciones defensivas normales del organismo. Todos sentimos miedo. Los miedos nos sirven para ponernos en alerta frente a posibles peligros, situaciones desconocidas, etc.

En el adulto mayor, los miedos están presente con mayor o menor intensidad. La singularidad del anciano y su historia personal, junto al contexto dónde se encuentra inserto y las condiciones y calidad de vida que presente, influirán en esta intensidad y capacidad de sentir miedos.

En el adulto mayor, tomar consciencia del tiempo que le queda, aceptar su vejez, la propia muerte, genera miedos, pero también se generan modos de afrontamiento a esos miedos. Por supuesto reiteramos las características singulares del sujeto envejeciente y sostenemos el criterio, que es mejor hablar de vejeces que de la vejez.

Es bueno afrontar los miedos. No lo es negarlos o aislarnos o quedar inmóviles y paralizados frente a estos miedos que son existenciales y propios del ser humano. Negar los miedos, los transforma en fantasmas y perdemos potencia frente a ellos.

Aceptar la vejez, implica aceptar los cambios, las pérdidas, elaborar los duelos y tratar de compensar estas pérdidas con ganancias. La soledad en el adulto mayor, el aislamiento social, no contribuye a que podamos operar con eficacia, en el afrontamiento de estos miedos.

Una buena manera de prevenir y promocionar la salud, para ayudar a las personas a aceptar la vejez, sus cambios, sus transformaciones, pueda estar dado por educar para el envejecimiento.

El adulto mayor tiene miedo a la vejez, por la construcción imaginaria que la sociedad ha realizado sobre la misma. Para la sociedad, vejez, es sinónimo de enfermedad, de  discapacidad, de falta de autonomía. Trabajar entonces el concepto de vejez, trabajar los procesos de envejecimiento especialmente con la mediana edad, es una buena manera de afrontar los miedos que el miedo a la vejez genera.

Tener tiempo, disponer de mucho tiempo, puede generar aburrimiento, hastío, imposibilidad de saber qué hacer frente a ello. Mediante la educación para el envejecimiento, podemos trabajar, las distintas actividades que puede disfrutar el anciano, aún siendo anciano y a pesar de.

No se trata de llenar horas y horas, sino, encuentrar previo conocimiento de sus gustos y preferencias, aquellas actividades, que puedan estimular sus inquietudes y motivarle para producir. Sentirse creativo. Sentirse vivo. Esto reduce los miedos a la soledad, a la vejez, a vivir de manera rutinaria.

Presentar al sujeto envejeciente un proyecto, le asigna sentido y color a su vida. Estimula el deseo, produce cambios y transformaciones, que elevan su autoestima y mejora su narcisismo. Obviamente, poder disfrutar de una sexualidad plena, logrará efectos transformadores, vitales.

Pensar la muerte para el anciano es pensar ya, la propia muerte. No es la muerte de los otros, es la propia. Esto obviamente genera temor, angustia. Pero si podemos pensar la muerte como parte de la vida, desdramatizar, nos va a ayudar a que la muerte no sea un fantasma que acecha.

La muerte genera dos grandes miedos: cómo vanos a morir y si hay un después de la muerte. Pero considerar a la muerte como inherente y parte de la vida nos permite revalorizar el tiempo de vivir, frente al momento y el cómo vamos a morir.

Por supuesto, la situación en la que nos encontremos (solos, discapacitados, con fuerzas, etc.) nos va posicionando en distintos lugares y con distintas posibilidades frente al momento de la muerte.

La posibilidad de enfrentar la muerte evidentemente va a depender de cómo hayamos transitado las pérdidas vividas, de cómo hayamos podido elaborar los duelos y de cómo sea el contexto afectivo en el que nos encontremos inserto.

El miedo a la muerte requiere de nuestra parte una aceptación activa.

Que la muerte nos encuentre siempre generando nuevos proyectos y nuevas alternativas de vida es una buena forma de morir, nos permite alejar los fantasmas propios de lo desconocido y manejar estos temas “prohibidos y tabú” de la sociedad, con menos dramatismo.

Quizás la clave siga siendo trabajar los vínculos. Esos vínculos que tenemos que ir tejiendo desde el ayer, para tener un buen presente hoy sin que angustie tanto el mañana.

Finalmente, el miedo a la soledad en los adultos mayores es el miedo a sentirse solos. no hablamos del miedo a estar solos.

Suele suceder que la soledad esta vinculada a carencias de tipo afectivas, pero otras veces, la soledad da cuenta de ciertas fantasmáticas que rondan al anciano. La soledad puede ser un arma mortal. Va atrapando y encerrando a la persona, hasta que termina aislándose de todo. La soledad es un factor altamente predisponente de demencia en adultos mayores.

Y como combatir la soledad sino es con mas actividad, con actitud positiva, generando nuevos vínculos que a la vez, le permita al adulto mayor,  generen nuevos proyectos y posibilidades.

El adulto mayor debe procurarse espacios dónde poder hablar estos miedos. Ponerlos en palabras, tramitar la angustia y la incertidumbre que muchas veces genera el futuro inmediato.

Resulta muy útil que el adulto mayor se incorpore a grupos de reflexión con pares dónde poder trabajar sus miedos, los prejuicios, porque los grupos actúan como un gran sostén emocional, posibilitando alivio, mejorando los vínculos, el intercambio, disminuyendo la angustia.

A través de la experiencia del cuerpo que envejece y enferma, el anciano recibe un aviso de la muerte, en cuotas, a la que de alguna manera deja de considerar como algo abstracto para empezar a formar parte de una realidad omnipresente.

Se trata de vivir con la perspectiva de la muerte. Aceptando los cambios, las transformaciones. Nadie puede imaginarse un mundo sin él mismo, como mucho lo podemos imaginar con nosotros como espectadores.

Es tarea del anciano aceptar su realidad, para evitar que ésta, lo doblegue con un incremento desproporcionado de angustia. En este trabajo de aceptación, los profesionales de la salud, tenemos que ayudar. Pero primero, debemos trabajar, nuestra propia vejez, nuestros propios sentimientos de soledad y nuestra propia muerte.

En este aspecto también es muy importante, educar para el envejecimiento. La tarea psicoeducativa con el adulto mayor debe encararse no sólo desde el estado, sino por todos los profesionales de la salud, por la sociedad en general.

Estos miedos que nos angustian a todos no deben esconderse “bajo la alfombra”. Hay que trabajarlos.

Algunas propuestas para Educar en el Envejecimiento pueden ser:

1.- Incluir dentro de los programas escolares, Escuelas para Padres, dónde se pueda trabajar con los adultos y con los niños, las temáticas del envejecimiento.

2.- Realizar Talleres, Capacitaciones, Cursos, en Instituciones públicas, barriales, para trabajar la problemática del envejecimiento.

3.- Incluir dentro de las carreras de grado, pregrado, de todas las profesiones, la temática del envejecimiento y del adulto mayor, para trabajar con los adultos, mediana edad y público en general, las problemáticas que observa el envejecimiento y la ve3jez.

4.- Producir una verdadera revolución socio cultural, dónde se pongan a trabajar todos aquellos temas que la Sociedad considera tabú o en su defecto provoquen miedos y amedrentamiento respecto a la vejez, la soledad, la muerte, la discapacidad, entre otros.

5.- Establecer políticas públicas activas, campañas publicitarias, con el Estado, Asociaciones, ONG., Clubes barriales, otros, en relación con estas problemáticas y otras que pudieran surgir.

6.- Establecer programas de relaciones intergeneracionales, que apunten al fortalecimiento de los vínculos entre personas con edades diferentes, humanizando las relaciones y tramas vinculares entre sus participantes.