personas mayores

(Expansión) – Se espera que en 2020 la cantidad de personas mayores de 65 años de edad sobrepasen por primera vez en la historia de la humanidad a las que tienen cinco o menos años de edad. Este es un factor por demás interesante que impacta un sinnúmero de temas desde económicos hasta sociales. En general el valor donde se cruzan es en el 10% de la población. Claro que una persona de 65 o más años tiene mucha más experiencia de vida que una de cinco años.

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Una nueva concepción de la edad comparte el profesor Glicerio Echeverría Solís en el libro “Envejecimiento humano, amanecer crespuscular”, que ayer presentó en el auditorio Manuel Cepeda Peraza del Centro Cultural Universitario de la Uady.

“Proyectar a los adultos mayores parte de mis experiencias y que las nuevas generaciones los comprendan y se cuiden es parte de los objetivos” de la nueva publicación, indicó.

Uno de los mensajes que transmite en este ensayo, dijo, es que todos pueden llegar saludables a esa etapa de la vida.

El autor, profesor jubilado, afirmó que a la pregunta de cuántos años le llevó escribir el libro responde que “80 años y pico”: su edad.

“Envejecimiento humano, amanecer crespuscular” es el sexto libro del profesor Echeverría, quien explicó que la decisión de escribirlo surgió “ante la presencia de cada vez más disfunciones en mi organismo”.

“Mi preocupación fue creciendo, haciéndose recurrente y compulsiva; por lo que mi visión introspectiva me llevó a la conclusión de que debía investigar lo que palpablemente me estaba pasando”, apuntó.

“Acepto que jamás me di cuenta que estaba envejeciendo hasta que comenzaron a disminuir funcionalmente algunas de mis facultades corpóreas”, agregó el autor en el evento.

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Cuando les conté a mis amigas que estaba escribiendo un libro sobre mujeres viejas como nosotras, de inmediato se quejaron y exclamaron: “No estoy vieja”. Lo que querían decir es que no se comportan ni se sienten como los estereotipos culturales de las mujeres de su edad. Ser vieja es equivalente a ser mandona, inútil, infeliz y un estorbo.

La percepción que se tiene en Estados Unidos de las mujeres mayores es tan tóxica que casi ninguna, sin importar su edad, admitirá que es vieja.

En Estados Unidos, la discriminación por edad es más preocupante para las mujeres que envejecer. Nuestros cuerpos y nuestra sexualidad se menosprecian, nos denigran con chistes de suegras y nos volvemos invisibles en los medios. Sin embargo, la mayoría de las mujeres que conozco consideran que están en una etapa emocionante y feliz de su vida; somos resilientes y sabemos cómo prosperar siendo un grupo marginado. Nuestra felicidad proviene del autoconocimiento, la inteligencia emocional y la empatía hacia otros.

La mayoría de nosotras no extraña la mirada masculina; venía acompañada de silbidos, piropos, acoso y atención no deseada. En cambio, nos sentimos libres del yugo de tener que preocuparnos por cómo nos vemos. Por primera vez desde que teníamos 10 años, podemos sentirnos cómodas con nuestra apariencia. Podemos usar mallas deportivas en vez de medias ajustadas y pantalones de mezclilla o jeans en lugar de trajes formales.

No obstante, en esta etapa de desarrollo, nos enfrentamos a retos importantes. Es poco probable que logremos escapar de la tristeza profunda por mucho tiempo. Todas sufrimos, pero no todas crecemos. Las que crecemos, lo hacemos gracias al desarrollo de nuestras ideas de moralidad y la expansión de nuestra capacidad para lidiar con el dolor y la dicha. De hecho, este péndulo entre la alegría y la desolación es lo que hace que la vejez sea un catalizador para el crecimiento espiritual y emocional.Para cuando llegamos a los setenta y tantos, hemos tenido décadas para desarrollar la capacidad de recuperarnos.

Muchas de nosotras hemos aprendido que la felicidad es una habilidad y una decisión. No necesitamos leer nuestros horóscopos para saber cómo nos irá en el día. Sabemos cómo hacer que nuestro día sea bueno.Hemos aprendido a buscar humor, amor y belleza todos los días. Hemos adquirido una aptitud para apreciar la vida.

La gratitud no es una virtud, sino una habilidad de supervivencia, y nuestra capacidad de desarrollarla crece junto con nuestro sufrimiento. Es por eso que las personas menos privilegiadas, y no las más favorecidas, son las que realmente saben apreciar hasta las dádivas más pequeñas.

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